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Un joven se acurruca sobre el tatami de un miniapartamento gris, un futón doblado y una hoja seca en el suelo.

現Slice of lifeCap. 01

Capítulo 1

Ahí estaba yo, en ese momento de la existencia y de la vida, solo en uno de esos llamados miniapartamentos de Tokio. El día tenía una atmósfera grisácea,…

絵Miniapartamento, lluvia gris, la hoja seca en el suelo.

4 min de lectura現El diario(Slice of life)

Ahí estaba yo, en ese momento de la existencia y de la vida, solo en uno de esos llamados miniapartamentos de Tokio. El día tenía una atmósfera grisácea, debida a la lluvia frecuente y la neblina. Pagando unos cómodos 50 mil yenes al mes, el lugar se encontraba considerablemente lejos del centro de la ciudad. Lo que veían mis ojos, y sobre todo aquella ciudad, constituían una nueva etapa en mi vida, una nueva vida si se quiere.

Hacía dos semanas que había llegado a Japón y me encontraba alejado de mis experiencias cotidianas y de la realidad que antes había ocupado mi atención. Allí, en el suelo desgastado y ligeramente manchado de aquel cuarto, me acurrucaba con una camisa blanca de mangas bien largas y un pantalón de pijama, mientras el futón —esa delgada colchoneta típica japonesa— reposaba en una esquina. El futón era, entonces, un testigo mudo de mi intento por comprender esta nueva vida y cómo encajaba en mi búsqueda sin fin.

Siempre había habido en mí una chispa, parecida a mis primeros días en la escuela, como cuando la emoción de comenzar el segundo grado de primaria me mantuvo despierto toda la noche. Siempre había tenido esperanza en la vida, una promesa que a veces se asomaba en mis preocupaciones constantes y extenuantes obsesiones. Pero ahora era diferente; el espacio proporcionaba una nueva manera de afrontar el mundo.

De forma más particular, sentía la emoción de lo desconocido y el deseo de una vida amorosa. Siempre me gustaron las japonesas, ¿cómo decirlo? Es cierto que toda mujer es hermosa —y las colombianas no son la excepción—; pero, para mí, las japonesas eran las mujeres más hermosas del mundo.

Este mundo podía ser tan extraño como aquellos momentos de mi infancia cuando se iba la luz y me sentía desubicado. Pero ahí estaba, en efecto, abierto al universo de mis sueños, intereses y aspiraciones. Japón, un archipiélago del Pacífico repleto de tradiciones y promesas, se presentaba ante mí como el escenario ideal para escribir un nuevo capítulo, con las hojas blancas que me quedasen.

La vida es dura, después de todo. La parte de mí que quiere dormir pero no puede, y la parte de mí que se obliga a permanecer despierta, se mezclan. Como cuando sentía la necesidad de ser yo, de alinearme, de ser intachable, de complacer a la divinidad.

El sueño, ese arquitecto de realidades efímeras, transformaba el ayer en una sombra.

El sueño, que con los días va trayendo otra realidad, borrando lo que fue, dejando manchas rojas, mojando los sentimientos, quebrantando los corazones. Hoy me desperté y mañana no seré; ayer me desperté y dejó de ser.

El ser, aquella contemplación gigante, insondable... cercana. Lo que «es», la literatura y sus mundos, lo que me rodea. Por alguna razón el mundo sigue teniendo mis pies sobre él, llama mi atención, invade mis pensamientos; me hace considerarlo, hablar de él, percibirlo. Palabras que revolotean en mi mente cual asamblea, lugar de reunión, lugar para debatir ideas, limar asperezas, volcar conocimientos incompletos, defectuosos, precipitados.

Soy parte del ser. ¿Me importa? ¿Y si pudiera abstraerme? Ser como aquel caminante de mil años por un bosque gigante, infinito, calmo... En verdad, ¿cuál es la obligación de pensar?

Pronto mi reflexión se ve cortada por la imagen de una hoja seca. Sus venas me cautivan y me dan fuerzas para levantarme. Hay un baño compacto, donde cada elemento gasta su espacio en orden a maximizar la funcionalidad. ¡No es mucho más que un metro cuadrado! La bañera está unida a la ducha. Encima del lavabo, con la mitad dando a la bañera, se encuentra un espejo pequeño y sencillo con un estante para artículos de tocador. Me lavo la cara. Aparece mi reflejo. Siento hambre. Era mi reflejo.

«Era», palabra lejana, me sitúo lejos de ella; la veo con ojos incorregibles, poderosos, juguetones, alevosos, triunfantes. Eso que fue lo puedo desechar, no importa cuánto sufrimiento haya pasado, no me preocupo por vendarme. Quiero pasar al siguiente pensamiento, a la siguiente elucubración, a algo que me dé ganas de vivir. Me traiciono a mí mismo, o tal vez no, ¿por qué es obligatorio cuidar la salud mental?

«Mí mismo», palabra reiterativa, cíclica, consciente, diferente de la de la inteligencia artificial que no se conoce, no se observa, no sufre de sí. Así es, yo, como a un bebé, tengo que cuidarme, revivir las heridas, caminar a tientas. Sí, yo todavía debo beber hasta vomitar, untarme y luego limpiarme.

¿De qué me unto? De mi vómito, de mi salud mental desequilibrada, de la contemplación del mundo.

Recuerdo a mi gato. Precioso, cariñoso, peleón. Ya no está. Estaba conmigo en Colombia. Ya no está Colombia. Ni el gato. No tengo a quién abrazar. Pongo mis rodillas debajo de la camisa. Así se siente menos el frío; el interior, no el exterior, todavía es verano. Aquí hay estaciones; en la Bogotá de mi país tropical siempre es el mismo clima, el que nunca me molesta. Pongo mi cabeza debajo de la camisa también, intentando huir, no regresar.

Regreso a mi niñez, al triciclo, al abrazo de mamá, a la mandarina, al algodón de azúcar. A la desdicha adulta...

Por fin me vence más el sueño que el hambre. Y decido dormir en vez de cocinar. Comida que antes me servían manos suaves; comida que aparecía como salida de un cuento con finales felices.

Ahora yo debía cocinarme. Solo yo podría proveerme. Aquí lejos, en este piso que no llega a cuadrarme. Entonces cojo el futón y me arropo. Huele diferente, no es como esos cientos de días, cuando me arropaba y se sentía igual cada vez, sucio o limpio, en casa.

了

Fin del capítulo 01

現

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